“Ya encontraremos un camino, si no, lo crearemos”.
Aníbal
Esta tarde de viernes tomo un momento temprano de la noche para sentarme cómodamente en mi estudio, ya relajado de la semana de trabajo, comenzando el fin de semana y, después de revisar las entradas escritas en fechas previas, decido hacer un alto en la senda para cambiar un poco de tema y dejar hablar con un poco más de libertad a ese yo interno, que a veces se pone de lo más racional del mundo y escoge temas muy técnicos para publicar. Pero hoy, ese ánimo está de buen temple y deja abierta las compuertas del alma para que dejar que fluya, algo más que a cuentagotas, un poco de sentimiento destilado desde el fondo del alma.
Esta vez, hablaré en primera persona y, sabiendo que por lo mismo no puedo generalizar pues la propia experiencia es eso, propia y nadie puede vivir más que su propia historia con diabetes, por lo que sin escribir una larguísima –y aburridísima- relación de argumentos, haré algunas reflexiones que a lo mejor no son siquiera originales y, seguro que habrá alguien que pueda enriquecer el tema con algún comentario personal complementario.
Luego de llevar la cuenta del tiempo que llevo con el diagnóstico -poco más de once años de ser diabético tipo 2- quizá el recuerdo más lejano sea esa sensación de “ya me llevó el tren”, entre derrotado y asustado pues el espectro anticipado había llegado por la puerta principal y se había instalado en la sala junto con la familia. Este espectro. Que aun sigue entre nosotros, ahora tiene una apariencia muy diferente, pero ya llegaremos ahí en unas líneas más. La realidad es que no cabía el optimismo por ningún lado. Ese tipo de entusiasmos creo que solo pasa en películas como “la Novicia Rebelde” y la realidad es mucho más demoledora que lo que Hollywood pueda aportar.
Pero queramos o no, el tiempo pasa y no queda de otra que comenzar a hacer elecciones. Toda elección implica, obviamente, una renuncia y en el caso de la diabetes, la renuncia a muchísimas cosas ni siquiera es elección propia. Lo que si nos toca elegir es cómo habremos de enfrentar esta nueva vida y, ahora sí, comenzar a elegir de qué forma habremos de vivir en adelante y de qué forma habremos de morir.
Insisto, hablaré de mi caso sin hacer juicio de valor y habrá quién no esté de acuerdo con mis elecciones o habrá quien opine que algunas son las acertadas –espero sus opiniones, por supuesto- pero al final, una de las cosas que he descubierto en este azucarado camino es que todos los días tengo que hacer la elección que me mantendrá en control o me desbarrancará al precipicio del descontrol.
Al mirar hacia atrás desde el primerísimo momento en que fui diagnosticado, caí en la cuenta que para bien o para mal, no estaba solo, que la elección que hiciera de cuidarme o no, ya no me pertenecía del todo. Casado, con una extraordinaria mujer y con dos hermosas pequeñas lidiando con la adolescencia, supe que no podía encerrarme en una concha protectora y pretender aislarme pues nos sería justo para nadie. La diabetes no es una enfermedad personal, es de la familia, pues si bien mi esposa no corre riesgo genético por mi condición, automáticamente supimos que mis dos hijas ya llevan esa carga genética que las predispone desde ya y que de no cuidarse, pueden heredar la suerte de ser diabéticas, herencia que ellas no desean ni yo quisiera transmitir, pero ahí está.
Ya que toqué el tema de la familia, debo decir o quizá más bien gritar, que me tocó en suerte una familia maravillosa que –no se qué tan de buen grado, en particular por la amenaza genética implícita-, desde que comenzó el proceso de aprender cómo cuidar al diabético y qué hacer con él, entendieron casi de inmediato el concepto de que no solo yo soy diabético, la familia lo es también y como diabéticos tendríamos que vivir. Pero, ¿con qué se come esto? Bueno, haré un pequeño paréntesis para definir lo que entendimos como “familia diabética” y cómo lo hemos hecho funcionar. Para comenzar, la palabra solidaridad va en primerísimo lugar; es decir, que en la casa y cualquier actividad que realizamos en conjunto, se elige hacer lo que el diabético tendría que considerar la mejor elección. Si de comida se trata, todos comen lo mismo evitando situaciones como “la comida de la gente y la bazofia del diabético” la idea es recurrir a ingredientes saludables, cocinarlos para que resulten apetitosos y que sean parte de una nueva forma de alimentación para la familia. Todo mundo saldrá beneficiado; los no diabéticos por comer más sano y el diabético por que puede alimentarse correctamente sin ser un paria alimenticio. También parte de esa solidaridad se encuentra en que todos hacen ejercicio juntos y los paseos y salidas a restaurantes, fiesta, actividades de la familia extendida, se procuran cuidando comer de forma similar. En el caso muy particular de mi esposa, quien dicho sea de paso posee un extraordinario toque en la cocina, ha desarrollado una serie de recetas –que ya iré compartiendo en este espacio- que denomino “para diabético gourmet”, pues con los muy limitados recursos que quedan disponibles en cuanto a cantidades y variedad de ingredientes “sabrosos” para un concepto de alta cocina, se las ha ingeniado para presentar aquello permitido y convertir el alimento cotidiano en un banquete digno de los paladares más exigentes. Con ello, que es lo que le sigue a la solidaridad, le estoy más que agradecido pues comer en casa y tener la posibilidad de medir con precisión los alimentos diarios, es como el noventa por ciento del esfuerzo. Lo demás, es también cuesta arriba, pero mucho más fácil de alcanzar de esa forma.
A veces también con la “carga emocional” de padecer la diabetes, se nos olvida aquilatar debidamente el esfuerzo que quienes viven con nosotros tienen que realizar para construir la armonía en las relaciones dentro del hogar para que las tensiones se mantengan en el menor nivel y el cuidado sea menos tortuoso. Mi esposa quien me sigue aguantando y consintiendo merece una súper mención aquí, al igual que mis dos hijas quienes aunque ya no viven en casa, me dan su apoyo moral a la distancia y me hacen saber que están pendientes de mi salud, pero lo más importante, que se siguen cuidando con empeño para mantenerse en buenas condiciones por el mayor tiempo posible. A ellas, no por injusticia ni por omisión no les había dedicado una entrada con tanta emoción, pero hoy tenía que ser el día adecuado, pues hoy mi ánimo me pidió decirlo y lanzarlo al mundo.
Hoy en día, confirmo, es la familia el mejor soporte de vida, pero no como un salvavidas que se usa en beneficio propio; no, de ninguna manera, son después de todo la mejor fuente de afecto que uno pueda tener y, por supuesto, de aquí para allá, las depositarias y legítimas receptoras del amor que pueda ser capaz de dar.
Hoy día hay muchísimas definiciones de familia, pero no importa cómo esté constituida, sea cual sea su forma y tamaño, es el pilar emocional en que podremos apoyarnos y la mejor razón para cuidarnos y compartir experiencias buenas, regulares y malas, pero al final las buenas experiencias son las memorias que mejor atesoramos. Por ello, hoy día puedo decir, sí, me llevó el tren, pero en vez de dejarme arrollar decidí viajar en primera clase y el espectro seguirá de espectador pues no lo dejaré tomar parte en mi manejo de la diabetes, gracias, entre otras cosas, al apoyo de mi familia.

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