
Cuando la gente de mi generación y otras generaciones un poco mayores y menores fuimos educados, en una mayoría nos inculcaron varios estereotipos con respecto a la obesidad o sobre cómo relacionarnos con la comida, entre los cuales se encuentran conceptos como: los gorditos son afables y viven felices, los niños gordos son más sanos y, cuántas veces no escuchamos que nos dijeran: “la comida que te sirven en el plato es para que te la acabes, mira que vergüenza, hay miles de niños que no tienen que llevarse a la boca y tu desperdiciando”. Crecimos dando por buenos esos conceptos e incluso dispuestos a tomarlos como “dogmas de fe” al grado de que, sin percibirlo siquiera, fuimos aceptando el aumento gradual de las raciones que se sirven en algunos restaurantes, particularmente de aquellos que son parte de cadenas multinacionales o los que les copian el esquema para tratar de repetir el éxito de aquellos. A tal grado ha llegado esta tendencia, que en aquellos sitios de “comida elegante” o gourmet en donde los platillos sirven raciones más adecuadas, son calificados como raquíticos. Es más, he llegado a escuchar a alguna gente expresarse en tono de queja cuando en alguna reunión les toca poco en su plato, la expresión “ni que fuera comida gourmet”
Sin embargo, como la tendencia es comer raciones cada vez más grandes o sin medida –el caso de lo que podemos esperar en un buffet-, el resultado ha comenzado a ser notorio en nuestra sociedad.
Cuando hablamos de obesidad la definimos en dos aspectos que son objetivos y claramente observables. Primeramente decimos que es “acumulación excesiva de grasa en el cuerpo”, lo siguiente, especialmente en niños, es definirla como “exceder por más de un 20% el IMC (Índice de Masa Corporal), correspondiente a la edad". Pero lo que es más difícil de definir y considerar en los niños obesos, son las consecuencias a las que se ven sometidos.
Estas consecuencias que son tanto de orden fisiológico como psicológico, van deteriorando gradualmente tanto la salud de los infantes, como su ámbito social, haciéndolos vulnerables en más de un aspecto. Así encontramos que por la parte de la salud física van presentando dificultad para respirar e incluso ahogos, interrupciones del sueño, aletargamiento, problemas ortopédicos, trastornos cutáneos, transpiración excesiva, hinchazón de tobillos y pies, además de un riesgo incrementado de padecer enfermedad coronaria, diabetes tipo 2 (DM2), asma, algunos tipos de cáncer y problemas de la vesícula biliar.
Por supuesto que estas complicaciones son suficientemente graves como para considerar más que justificada la preocupación sobre la obesidad infantil, pero desde el punto de vista personal y social ¿qué consecuencias tienen que afrontar aquellas niñas y los niños con sobrepeso en grado de obesidad? Pues los problemas son de tipo psicológico que surgen de una clara discriminación social que pueden desarrollar una dificultad para establecer una interrelación sana y de respeto tanto con otros niños con quienes se relaciona, como con adultos que reaccionan a la figura distorsionada, con respuestas, las más de las veces, agresivas. Si reflexionamos con respecto a los factores de integración social y aspectos de segregación, es en la infancia donde comenzamos a establecer la personalidad de lo que seremos en el futuro y aprendemos a relacionarnos con aquellos que consideramos “nuestros semejantes”. En esta etapa vamos aprendiendo por ensayo y error a reconocernos en los otros y a vernos reflejados en grupos de afinidad. Aprendemos que es cierta la aseveración de “no soy monedita de oro para caerle bien a todos” pues habrá quién nos acepte bien y quién no. Sin embargo, el niño obeso, al tener el cuerpo excedido de proporciones, adicionado, lo más probable, por conductas de comer por periodos más extensos que los “niños normales”, es seguro que tanto en la escuela como con los vecinos o parientes cercanos de la edad, enfrenten situaciones de discriminación, segregación, burlas e incluso agresiones, ya que si los seres humanos podemos llegar a ser terriblemente crueles, en los niños es una característica siempre más espontánea y presente.
Allá por 1943, el psicólogo Abraham Maslow desarrolló la llamada jerarquía de las necesidades –teoría hoy en día muy controvertida, pero la menciono como referencia con respecto al impacto emocional de las relaciones humanas y las necesidades afectivas-, en las que ordena en una pirámide dichas necesidades y proponiendo que conforme se van satisfaciendo las básicas, se va escalando hasta la autorrealización –concepto vago que el mismo Maslow nunca definió con claridad, aunque es suficientemente intuitivo como para que nos demos una idea de qué quiso decir con ello. Así definidas las necesidades, coloca en la base a las fisiológicas (aire, agua, alimentación, sueño, ausencia de enfermedad, liberar desechos corporales, sexualidad, etc.), Inmediatamente arriba están las de seguridad (familiar, económica, un sitio donde dormir sin amenaza, protección, etc.), sociales (desarrollo afectivo y de asociación, participación y aceptación, amistad, amor, actividades culturales, deportivas y recreativas), reconocimiento (tiene que ver con la autoestima y refleja el grado de aceptación que percibo por parte de los otros) y finalmente, autorrealización (que son aquellas que nos permiten encontrarle sentido a la vida y sentirnos en armonía interior). La pregunta aquí sería: ¿los niños obesos cómo encuadran en esta jerarquía si ya desde las fisiológicas hay una distorsión? El resultado de analizar con la óptica de Maslow –hay por supuesto una casi infinidad de enfoques desde los cuales hacer el análisis, sin embargo seleccioné este por su claridad y simplicidad-, serán individuos afectiva y psicológicamente truncos ya que por su gordura son estigmatizados y tienen pocos amigos. Algunos estudiosos de la psicología sugieren que la percepción emocional de su sobrepeso, provoca en los niños estados de angustia y estrés similares a quienes reciben diagnóstico de cáncer.
Como resultado se generan emociones negativas con sensación de estar marginados y dicha angustia la canalizan hacia la comida y se convierten en CE (comedores emocionales). Todo un reto para resolver.
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